
Hay algo especialmente fascinante en ver una prenda cuando deja de comportarse como una prenda.
Cuando se mueve con el cuerpo, cuando cambia al caminar, cuando un tejido cae de una manera diferente cada vez o cuando una silueta parece descubrirse a sí misma mientras avanza por la pasarela. Es precisamente ahí donde se sitúa Ondine, la colección Primavera-Verano 2027 de Ernesto Naranjo, presentada en la última edición de Mercedes-Benz Fashion Week Madrid.

Pero más allá del escenario y de la propia pasarela, lo que deja Ondine es una sensación muy concreta: la de haber visto ropa que no quiere quedarse quieta.
Una colección pensada para moverse
En Ondine, Ernesto Naranjo parte de una idea sencilla pero muy poderosa: ¿qué ocurre cuando dejamos que la ropa tenga movimiento propio?
La respuesta aparece en tejidos ligeros, transparentes y vaporosos que acompañan al cuerpo sin encerrarlo. Organza, tul, satén y diferentes superficies translúcidas construyen una colección en la que la ligereza tiene tanto protagonismo como la propia silueta.

Las prendas se superponen, se retuercen, se pliegan y se abren. Algunas formas parecen perfectamente construidas; otras dan la impresión de estar a punto de deshacerse. Y esa tensión es precisamente lo que hace que funcionen.
No hay una única imagen de la mujer de Ondine. Hay muchas.
Una misma prenda puede parecer completamente distinta dependiendo de cómo se mueve quien la lleva. El volumen cambia, los tejidos se separan del cuerpo, aparecen transparencias que antes estaban ocultas y los pliegues adquieren nuevas formas.
La ropa, en este caso, no termina de definirse hasta que entra en movimiento.
Entre la estructura y la ligereza
Uno de los aspectos más interesantes de la colección es esa convivencia entre dos ideas aparentemente opuestas: la construcción y la libertad.
Naranjo no abandona la arquitectura del vestido. Al contrario, deja que se intuya. Las capas, los drapeados y las torsiones permiten descubrir cómo está pensada cada pieza, pero después introduce tejidos capaces de alterar esa estructura.

Es como si la prenda tuviera una arquitectura interna que, poco a poco, empezara a relajarse.
La gravedad se convierte entonces en parte del diseño.
El tejido cae. El cuerpo lo modifica. El movimiento vuelve a levantarlo.
Y así comienza un diálogo constante entre lo que el diseñador ha construido y aquello que sucede de manera espontánea cuando la ropa entra en contacto con una persona.
Una mirada hacia el arte
El universo de Ondine no nace únicamente de la moda. Detrás de la colección aparecen referencias procedentes del arte contemporáneo y de distintas formas de investigar la percepción, el espacio y el cuerpo.
Entre ellas están Ann Veronica Janssens, Rachel Whiteread y Franz Erhard Walther, tres artistas con aproximaciones muy diferentes pero capaces de conectar con una misma preocupación: cómo percibimos un espacio, cómo lo ocupa el cuerpo y qué sucede cuando los materiales dejan de ser algo puramente estático.
En la colección, estas referencias no parecen convertirse en una traducción literal.
Y eso es importante.
No estamos ante vestidos que intenten reproducir una obra de arte. La influencia funciona de una manera mucho más intuitiva: en la sensación de volumen, en los vacíos, en las transparencias, en la relación entre el cuerpo y aquello que lo rodea.
La moda se convierte así en una experiencia casi física.
Cuando el mar aparece sin necesidad de estar presente
El nombre Ondine introduce inevitablemente una asociación con el agua y con el mundo submarino. Sin embargo, la colección no necesita representar literalmente un paisaje marino.
Lo hace de una manera mucho más sugerente.
Hay tejidos que recuerdan a superficies líquidas. Volúmenes que parecen flotar. Formas que se adhieren al cuerpo como si acabaran de surgir de otro ecosistema.
Y después están los pequeños protagonistas que aparecen sobre las prendas: broches y elementos escultóricos que evocan medusas, anémonas y otras formas de vida marina.
Son detalles que aportan una dimensión casi surrealista a la colección.
En lugar de funcionar como simples adornos, parecen formar parte de las propias prendas. Como si hubieran nacido sobre ellas.
De repente, ya no está del todo claro dónde termina el vestido y dónde comienza el organismo.

La mujer de Ernesto Naranjo
Quizá sea precisamente esa sensación de transformación la que mejor define a la mujer imaginada por Naranjo.
No es una mujer que necesite controlar constantemente su ropa. Al contrario, parece disfrutar de lo que puede suceder cuando deja que la prenda responda a su cuerpo.
Se viste para experimentar.
Para descubrir qué ocurre cuando camina con una capa determinada, cuando gira y el volumen cambia, cuando una transparencia aparece o cuando un drapeado se desplaza.
Hay algo lúdico en esta forma de vestir.
Y también algo muy femenino, pero entendido desde un lugar alejado de los códigos más evidentes de la feminidad. No se trata únicamente de sensualidad o de belleza. Tiene que ver con la libertad de probar, cambiar y volver a empezar.
La mujer de Ondine no necesita una silueta definitiva.
La cambia constantemente.
Ernesto Naranjo, entre la moda y la artesanía
Para entender esta colección también merece la pena mirar brevemente hacia el propio recorrido de su creador.
Ernesto Naranjo, nacido en Sevilla, estudió en Central Saint Martins, una de las escuelas de moda más reconocidas internacionalmente. Durante sus primeros años de trayectoria tuvo la oportunidad de trabajar en dos grandes nombres de la industria: Maison Margiela, junto al universo creativo de John Galliano, y Balmain, bajo la dirección de Olivier Rousteing.
En 2018 puso en marcha su propia firma después de ganar el Mercedes-Benz Fashion Talent, consolidando desde entonces un lenguaje propio en el que conviven experimentación, construcción, volumen y una fuerte atención al detalle.
Pero hay algo especialmente interesante en su manera de trabajar: aunque su carrera está profundamente vinculada al panorama internacional, una parte importante de su producción se desarrolla en el sur de España, junto a artesanos y profesionales especializados.
Esa combinación entre la experiencia adquirida en grandes casas internacionales y el vínculo con la artesanía española forma parte de la identidad de su firma.
Una vuelta a Madrid
La presentación de Ondine en Mercedes-Benz Fashion Week Madrid supone además un momento significativo dentro de la trayectoria de Naranjo.
El diseñador ya había formado parte de la pasarela madrileña en sus comienzos y ahora regresa con una identidad mucho más definida, después de años de trabajo y experiencias fuera de España.
Su regreso tiene algo de circular.
Volver a Madrid después de haber pasado por Londres y por algunas de las grandes casas de la moda internacional, pero hacerlo con un universo creativo propio y reconocible.
Ondine parece resumir muy bien ese recorrido: una colección sofisticada, experimental y profundamente vinculada al movimiento, pero también conectada con el oficio y con la tradición de trabajar la moda desde España.
El vestido como experiencia
Hay una idea que sobrevuela toda la colección y que va más allá de las tendencias de una temporada.
El vestido no tiene por qué ser una pieza cerrada.
Puede ser un gesto.
Puede cambiar según quién lo lleve, según cómo se mueva o incluso según el espacio que ocupe.
Eso es lo que hace que Ondine resulte especialmente interesante. No propone solamente una serie de prendas para la pasarela. Propone otra manera de relacionarse con ellas.
Una moda que se descubre mientras se lleva puesta.
Una moda que permite jugar.
Que deja espacio para la sorpresa.
Y que entiende el cuerpo femenino no como una estructura sobre la que colocar una prenda, sino como aquello que termina de darle sentido.
Al final, Ondine habla de transformación. Del agua, del movimiento, de la materia y de esa capacidad que tiene la ropa para convertirse en algo diferente con un simple gesto.
Quizá por eso la mujer que imagina Ernesto Naranjo no permanece quieta.
Porque tampoco lo hace su vestido.
Y porque, cuando la moda consigue que una prenda cobre vida al caminar, ya no estamos solamente ante una colección.

