
Hay obras de teatro que consiguen entretenerte durante un rato y después se olvidan. Y hay otras que, además de hacerte reír, consiguen tocarte un poquito el corazón y dejarte pensando. Las que gritan pertenece a estas últimas.
Tuve la oportunidad de verla y salí con una sensación maravillosa: había reído, me había divertido, me había emocionado y, sobre todo, había disfrutado de una historia que habla de algo que nos toca a todas: la necesidad de encontrar nuestro propio camino y atrevernos a vivirlo.

La protagonista es Consuelo, una mujer que acaba de enviudar y que, lejos de quedarse atrapada en el dolor, decide dar un giro radical a su vida. De repente aparece una Harley en su puerta, se convierte en una mujer mucho más aventurera y hasta está dispuesta a lanzarse en paracaídas con sus hijas.
El problema es que sus tres hijas no parecen estar preparadas para esta nueva versión de su madre.
Y ahí comienza una disparatada historia familiar en la que nada es exactamente lo que parece.
Una familia, tres hermanas y muchas cosas que decir
Consuelo reúne a sus tres hijas en una casa de campo para pasar un fin de semana “muy especial”. Lo que ninguna imagina es que ese encuentro acabará convirtiéndose en una especie de terapia familiar improvisada.

Entre discusiones, confesiones, secretos, recuerdos y situaciones absolutamente divertidas, las cuatro mujeres tendrán que enfrentarse a sus propios miedos y a todo aquello que llevan demasiado tiempo guardando.
Porque, seamos sinceras, ¿quién no tiene alguna conversación pendiente con su madre, con una hermana… o consigo misma?
Y esa es precisamente una de las cosas que más me gustaron de la obra: habla de la familia con humor y con mucha verdad. De esas relaciones que pueden ser maravillosas y complicadas al mismo tiempo. De querer muchísimo a alguien y, precisamente por eso, tener también desencuentros.
El grito como liberación
El título no puede ser más acertado.
Porque aquí se grita, sí, pero el grito se convierte también en una metáfora de todo aquello que llevamos dentro y que necesitamos sacar.
Gritar por lo que nunca dijimos.
Por los sueños que dejamos aparcados.
Por el miedo a decepcionar.
Por intentar cumplir siempre las expectativas de los demás.
Y también, por qué no, gritar de alegría por estar vivos.
La obra consigue algo muy difícil: hacernos reír mientras nos habla de temas profundos. Hay momentos absolutamente disparatados y otros en los que la emoción aparece casi sin avisar.

Cuatro actrices que hacen que todo funcione
Soledad Mallol, Mariona Terés, Marina San José y Rocío Marín forman un equipo estupendo. Cada una aporta una personalidad diferente y juntas consiguen crear esa química familiar que hace que el público se reconozca en ellas.
Soledad Mallol aporta toda su experiencia y su enorme vis cómica como Consuelo, una mujer que ha decidido que todavía le queda muchísimo por vivir.
Mariona Terés aporta ese punto de vulnerabilidad y naturalidad que hace que sus personajes resulten cercanos y reconocibles. Una actriz con una trayectoria muy ligada también a la comedia y a personajes llenos de humanidad.
Marina San José, hija de Ana Belén y Víctor Manuel, ha construido su propia trayectoria en cine, televisión y, especialmente, teatro. Su personaje representa también esa lucha entre los miedos y las ganas de descubrir quién queremos ser.
Y Rocío Marín aporta energía y espontaneidad a este particular encuentro familiar.
El resultado es un reparto que funciona con mucha complicidad y que consigue que el espectador se sienta como un invitado más en esa casa de campo.
La moraleja: nunca es tarde
Y si tuviera que quedarme con un mensaje después de ver Las que gritan, sería este:
Nunca es tarde para cambiar de rumbo.
Nunca es tarde para descubrir algo nuevo de nosotros mismos. Para hacer ese viaje que llevamos años posponiendo. Para enamorarnos, para equivocarnos, para empezar de nuevo o simplemente para decidir que queremos vivir de otra manera.
A veces nos acostumbramos tanto a nuestros papeles que olvidamos que podemos cambiarlos. Somos madres, hijas, hermanas, parejas, profesionales… pero antes de todo eso somos personas con sueños, deseos y ganas de sentir.
Consuelo nos recuerda que una pérdida puede cambiarte, pero también puede enseñarte a valorar todavía más el tiempo que tienes por delante.
Y quizá esa sea la gran lección: no esperar a que la vida nos dé permiso para vivirla.
Porque nadie debería decirnos cuándo es demasiado tarde.
Ni cómo debemos comportarnos.
Ni qué sueños son apropiados para nuestra edad.
Un homenaje a las mujeres
Las que gritan es, en definitiva, un homenaje precioso a las madres, a las hijas, a las hermanas y a todas las mujeres que alguna vez han sentido que tenían que ser de una determinada manera.
Una obra para reír, para emocionarse y también para mirarse un poquito hacia dentro.
Yo salí del teatro con una sonrisa y con esa sensación tan bonita que dejan las historias que, además de entretenerte, te recuerdan algo importante.
Que la vida está para vivirla.
Que nunca es demasiado tarde.
Que podemos reinventarnos tantas veces como queramos.
Y que, de vez en cuando, también necesitamos gritar.
Gritar por nosotras.
Gritar por nuestros sueños.
Gritar por nuestra libertad.
Y, sobre todo, gritarle a la vida que todavía tenemos mucho por vivir.
Y quizá ese sea el verdadero mensaje de Las que gritan: no importa cuánto tiempo haya pasado; siempre podemos elegir quién queremos ser a partir de ahora.

